La perfección y la excelencia.

Muchas veces nos escudamos en la dificultad de un problema para dejar de hacer todo lo posible para resolverlo. Mensajes del tipo “no hay nada que hacer”, “esto es imposible” o “por mucho que me esfuerce ya está todo el pescado vendido” son excusas ante nuestra incapacidad por afrontar las situaciones que se nos plantean. Es más fácil de asimilar para uno mismo que una cosa es imposible que ponerse delante del espejo y decirse que te rindes por tu incapacidad de afrontar un reto que se te antoja inalcanzable. El miedo al fracaso puede hacerte fracasar, a veces, incluso antes de intentarlo.

A priori y sin ningún problema en concreto sobre la mesa, mucha gente vende “la moto” de la perfección. Queda muy bien decir “yo siempre busco la perfección”. Es un discurso que encaja perfectamente con lo que en nuestra sociedad se entiende como una actitud profesional. Lo que no dicen estas personas es donde está su nivel de exigencia, es decir, lo lejos que pueden quedar de conseguir esa perfección sin sentir que han fracasado.

Al fin y al cabo, hay dos puntos en los que hay acuerdo unánime: primero, la perfección no existe; y segundo, si existiera nunca seríamos capaces de alcanzarla.

Entonces, si la perfección es inalcanzable, ¿tiene sentido que siga siendo el objetivo? Si me permites la parábola, la respuesta está en el viento. Una cometa puede volar muy alto, pero jamás podrás llevarla más allá de lo que te permita la cuerda con la que la guías desde el suelo.
La perfección está por encima de esa cuerda y por tanto, no la alcanzarás jamás. Pero sí puedes tratar de mantener tu cometa a una gran altura el mayor tiempo posible. Eso es la excelencia. Llegar muy cerca de la perfección y mantener el nivel. Volar permanentemente alto. Dominar el viento.

Si tienes seis minutos, este video es un magnífico ejemplo de lo que acabas de leer:

William Kamkwamba: De cómo dominé el viento

Y si apenas tienes dos, no te pierdas esto:
Mr. W

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