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La montaña y Mahoma.

Queda lejos la idea de que el consumidor se acercará a tu página web. Lo que se lleva ahora, con el emergente poder de las redes sociales, es ir a buscar al consumidor allá donde esté. Y esos lugares se llaman medios sociales.

El site corporativo tradicional no tiene sentido. Es como abrir una tienda en un lugar remoto y tratar de que la gente se acerque a ella sólo por el hecho de que pusiste un rótulo luminoso. Es un despropósito, un despropósito mayúsculo si tenemos en cuenta que los consumidores ni siquiera pasan por la calle de al lado.

Hoy por hoy, es mucho más efectivo acompañar al consumidor en su paseo diario. Facebook, Twitter, blogs… Allí es donde el consumidor invierte su tiempo y se siente a gusto y allí es donde tiene que estar cualquier marca que se precie.

Los medios sociales además, nos ofrecen la oportunidad de contactar con lo que en los años 80 se bautizó como “prosumers”, consumidores que generan contenido, muy participativos e influenciadores. Algo mucho mejor que un vendedor insistente, prácticamente un amigo del consumidor que le ayuda a decidir entre una camisa y otra, un amigo fiel en que el consumidor confía ciegamente.

Si a eso unimos que en los medios sociales se establecen fácilmente lazos emocionales, tenemos como resultado un escenario perfecto para que la marca interactúe y se acerque a su público más que nunca. Así que si la montaña no va a Mahoma, que Mahoma vaya a la montaña.

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Una tienda donde todo es gratis.

Lo nunca visto. Han abierto en Barcelona una tienda que ofrece productos trendy gratis. La primera reacción es decir: ¡qué pasada! Pero inmediatamente aparece la duda: ¿gratis? ¿dónde está la trampa?

La trampa está en que “gratis” tiene un asterisco. Hay que inscribirse y pagar cinco euros cada seis meses, para llevarse un máximo de 60 productos en ese tiempo. No es gratis, pero casi… al menos a primera vista.

Lo que estás pagando es el hecho de registrarte y que tengan todos sus datos. Evidentemente, detrás de esta iniciativa hay una empresa especialista en estudios de mercado.

Otro de los peros que le ve el consumidor es que tal como ha aparecido puede desaparecer (de la noche a la mañana). O sea, que cuando no sirva para el propósito que se creó (estudiar las tendencias del consumidor) no tendrá sentido mantenerla abierta. Justo lo que pasó en tiendas nacidas con el mismo reclamo en Madrid y Valencia.

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El efecto Lemming.

Este verano he tenido la suerte de vivir varios casos curiosos de comportamiento del consumidor. No es ninguna novedad que el consumidor no es precisamente racional, pero me sigue llamando la atención que seamos tan gregarios. Alguien bautizó este comportamiento como “efecto Lemming” y me pareció tan acertado que me he permitido utilizar esta denominación para referirme a ello (gracias Carlos).

Por si no sabes qué es un Lemming o no has jugado nunca al juego de ordenador, aquí tienes un enlace. Como dice la wikipedia, los personajes del juego están basados en la creencia popular de que los lemmings se suicidan en masa en situaciones de peligro. El objetivo del juego es el de salvar a un número determinado de lemmings en cada nivel, para lo que se cuenta con ocho habilidades distintas que se pueden repartir en número limitado a cada lemming para lograr alcanzar el final de cada fase.

Entonces, ¿qué es el efecto Lemming? Pues aplicado a un supermercado es colocarse en la cola más larga dejando varios cajeros vacíos. En la autopista, pagar el peaje situándote en la fila más larga de vehículos. Y en la playa, camuflarse entre la multitud de sombrillas, tumbonas y toallas en vez de buscar una cala más tranquila.

Seguro que en tu entorno se producen muchos otros efectos parecidos. Echa un vistazo a tu alrededor. Lo bueno de estudiar el comportamiento del consumidor es que estamos por todas partes y nunca nos conoceremos lo suficiente.

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El poder del consumidor.

Hace unos días, comentábamos en jauhow cómo había cambiado el modelo publicitario y cómo el consumidor de ahora estaba mucho más preparado para enfrentatrse a la publicidad que unos años atrás.

Mar-ia me preguntaba si ese poder era malo para el publicista, o en definitiva, para la marca y yo trataba de explicarle que sí, pero no se me ocurrió un buen ejemplo de ello.

Ahora, cosas del destino, me he encontrado con uno de los casos más sonados para explicar cómo un consumidor puede cargarse de un plumazo la reputación de una marca comercial.

Resulta que a este señor le rompieron su guitarra y después de varios meses de reclamaciones desatendidas, tomó la decisión de hacer una canción explicando cómo tratan a las guitarras en United Airlines. Es un magnífico ejemplo de poder del consumidor y además (esto último es opinión mía) un excelente viral.

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La jubilación del altavoz.

Primero un par de obviedades:

1)    la comunicación entendida como hace diez años no funciona (quien dice diez, dice cinco).

2)    la publicidad que interrumpe algo divertido no gusta.

Venimos de un mundo en el que había unos pocos canales para emitir mensajes y una audiencia al otro lado que permitía que le bombardeásemos con toda clase de contenidos. La presencia en los medios era sinónimo de mayor conocimiento de marca y a menudo, quien más gritaba, más impactos conseguía. O dicho de otra manera, quien tenía el altavoz más potente, llegaba más lejos con sus mensajes. Pero esto se acabó.

Hoy los medios llamados convencionales (televisión, radio y prensa) no son más que una pequeña parte del pastel de la comunicación. El tiempo libre (la cantidad de horas dedicadas al ocio) sigue siendo parecido al de hace unos años, pero no se emplea de la misma forma.

Quien antes miraba una serie en televisión todos los martes por la noche hoy la descarga de internet y la ve cuando le apetece. Juega a la consola (y hay muchos modelos de consola) contra otra persona que vive en Japón. Se comunica con sus amigos en facebook (o en cualquier otra red social). Usa su teléfono móvil para casi todo…

Además, el público está perfectamente educado. Sabe mejor que nadie qué es marketing y qué no. Es un verdadero experto en publicidad. Se mueve por intereses, no porque una marca le diga una cosa o la otra. Si es atractivo, lo toma (incluso si lo paga una marca). Si no lo es, lo ignora o lo critica (sobre todo si hay una marca detrás).

No se pueden comprar audiencias. Ya no. Lo que tienen que hacer las marcas es proponer contenidos interesantes. ¿Pero de dónde sacar esos contenidos? La respuesta está muy clara. Ha terminado la era del altavoz. Hoy es el momento de poner la oreja, de escuchar al consumidor, de entender sus motivaciones, de acompañarle. Porque sólo el consumidor sabe lo que le interesa y siempre tiene la razón.

La marca que no entienda esto está cavando su propia tumba. Y lo peor de todo, llegado el momento, nadie asistirá a su entierro.

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¿Hay dos consumidores iguales?

Divagando sobre las distintas maneras de pensar me he montado mi propia teoría de bar sobre el pensamiento del consumidor.

Todos tenemos una manera de llegar a conclusiones, de tomar decisiones o de afrontar problemas. El abanico de posibilidades es realmente amplio. Hay personas que tienen un pensamiento muy emocional, que se dejan llevar por intuiciones o por lo que sienten que es la mejor opción. Otras, prefieren analizar cada situación con método y disciplina, buscando la respuesta más lógica. Las de más allá, optan por su experiencia personal o extrapolan la de sus conocidos en situaciones similares.

La cuestión es: nuestra manera de pensar, sea intuitiva, racional o empírica (por poner sólo tres ejemplos), ¿nos define lo suficiente como para que podamos elucubrar cómo reaccionará un grupo de consumidores en un mismo escenario?

El comportamiento de los consumidores es decisivo para el éxito o el fracaso de cualquier campaña. Imagínate lo importante que es llegar a conclusiones sobre cómo piensan la mayoría de hombres entre 30 y 45 años cuando optan por cambiar de coche, o en qué basan su decisión de compra las mujeres de clase media-media, urbanitas, sin hijos, cuando empiezan las rebajas.

Conocer las motivaciones del consumidor es un punto clave. La duda está en saber si realmente se pueden generalizar comportamientos. Me explico.

En un hotel de lujo, según leí en alguna parte, apuntaban en una libreta los gustos de cada cliente. Así, formaban pequeñas bases de datos de los inquilinos más habituales en las que había información que permitía darles un mejor servicio.

Al señor X le molesta que le llamen de recepción si no lo pide expresamente, le gusta que le traten de tú y la última vez que vino nos pidió si alguien podía sintonizarle algún canal de TV en el que pudiese comprobar la evolución de los valores de la bolsa. Saber eso evitaba llamadas inoportunas, permitía que los empleados le diesen un trato familiar y que, nada más llegar al hotel, el recepcionista se apuntara un punto informándole de que podía ver las noticias económicas en el canal 5. Evidentemente, el señor X estaba muy satisfecho y siempre que visitaba la ciudad se alojaba en ese hotel.

A mayor escala, es fácil cometer errores. Cuando publicas un anuncio dirigido a niños, tienes que generalizar. Y sabiendo que todos son distintos, hay que buscar puntos en común que te permitan llegar a la mayor parte de ellos.

Así, generalizando, se ha llegado a conclusiones como que el tamaño de un probador en unos grandes almacenes es directamente proporcional a las ventas de ropa. Probador espacioso, mayor índice de ventas. O que en una hamburguesería, un niño consume más si va acompañado de su padre que si va acompañado de su madre.

El quid de la cuestión está en darle a estas conclusiones su justa medida. ¿Pueden tomarse como verdades absolutas o hay que darles el rango de anécdota? ¿Es posible una publicidad “científica” al 100%? ¿Al 90%? ¿Al 50%? ¿Cómo lo ves?

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